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El ojo vegetal

Una de las habilidades que pude desarrollar durante las salidas y prácticas de la asignatura de Fanerogamia (la parte de la botánica que engloba el estudio de las plantas con semillas, es decir, las gimnospermas y las angiospermas), fue la que mismamente acuñé como “el ojo vegetal”. Esta consistía en la extrapolación de la determinación vegetal fuera del entorno del laboratorio. ¿En qué consiste determinar? Se trata de la práctica para identificar la especie vegetal de la cual se dispone de una muestra en nuestras manos, por medio de una serie de herramientas: una lupa pequeña, dos punzones (que elaborábamos manualmente fundiendo un alfiler en uno de los extremos del cuerpo cilíndrico de un bolígrafo bic vacío), y un Bonnier. Esto último se erigió desde unas cuantas generaciones de biólogos que me precedieron como la Piedra de Rosseta de la botánica de nuestras tierras. Una obra en la que se relata con gran nivel de detalle los pasos a seguir para ir aceptando o descartando las características descritas con respecto a la flor que estuviéramos sosteniendo. Si se asemejaba a lo escrito, adelante, si no, tocaba volver sobre nuestros pasos hasta el punto en el cual nuestra interpretación hubiese errado. Si dicho libro era conocido entre docentes y discentes como Bonnier era simplemente en honor al hombre que dedicó parte de su vida a la recopilación y al estudio de nuestra rica flora (somos afortunados por disponer en nuestra Península de las condiciones ambientales y geográficas para albergar una mayor diversidad de especies vegetales que la de los países vecinos europeos). En ciencias, es habitual que los libros más emblemáticos hayan pasado a la posteridad gracias a los apellidos de quienes los escribieron. Ejemplos de ello serían el Tresguerres para la fisiología humana, el Brock para la microbiología o el Lenninger para la bioquímica.

Fuente: Pixabay

Volviendo a la determinación, los primeros intentos fueron desastrosos. Pero como científicos primerizos, teníamos bien presente en nuestra mente que, si la hipótesis (en este caso los pasos seguidos en el Bonnier) fallaba, bastaba con cambiarla y volver a intentarlo. No recuerdo dónde leí que «derrota tras derrota, se llega a la victoria final». Mejor frase no podía definir la de un discente de Fanerogamia en sus primeras sesiones de determinación. A medida que se adquiría pericia, la actividad se volvía casi como un juego. Admirar la belleza de la nueva planta ofrecida por el docente y acto seguido, diseccionarla con delicadeza con los punzones para observar bien los pétalos, contar estambres u observar cualquier característica remarcable que el Bonnier hubiese mencionado. Una vez acabada la práctica, aquellos que estábamos por nuestra cuenta haciendo un herbario, recogíamos un buen puñado de esas nuevas plantas que habíamos conocido para añadirlas a nuestra colección. Quizás en un futuro relate cómo se llevaba a cabo este proceso.


Fuente: Pixabay

Por mi parte, dicha destreza me hizo, casi inconscientemente, observar la vida vegetal de mi entorno (parques, márgenes de ríos y arroyos, etc.) como nunca antes lo había hecho. Si una flor presentaba una disposición de pétalos inusual, reconocía si pertenecía a la la familia de las papilonáceas; si pasaba al lado de un jardín con margaritas o dientes de león, no necesitaba nada más para saber con rotunda seguridad que se trataban de asteráceas; si encontraba una flor pequeña, amarilla y con los pedúnculos y tallos muy finos y largos, había muchas posibilidades de que fuese una ranunculácea, pero antes de asegurar, siempre se hacía la apropiada consulta al confiable Bonnier; o bien, ante las gramíneas, bastaba con darse cuenta de que poseían espigas. Estas últimas nunca me resultaron igualmente atractivas que el resto, además de que su determinación se me antojó tediosa y confusa en numerosas ocasiones. A día de hoy me siento satisfecho sabiendo que la espiga más común de cualquier estancia de mi ciudad es la comúnmente denominada como «cebadilla ratonera» u Hordeum murinum, si se prefiere el uso del nombre científico.


Trabajo de Daniel sobre la cebadilla ratonera

Sin embargo, al final, con el paso del tiempo y una vez la asignatura de Fanerogamia fue superada y añadida a la lista de créditos conseguidos del grado universitario, aquel “ojo vegetal” que había preparado a base observar y clasificar un sinfín de plantas ibéricas, paulatinamente perdió su poder. Actualmente sigo reconociendo ciertas especies de árboles y flores, pero es solo una ínfima parte de la habilidad que tuve antaño. Sin embargo, no todo se ha perdido. Aún atesoro todo mi instrumental y un par de herbarios en los cuales almaceno más de 200 especies de la Península Ibérica. Quizás el “ojo vegetal” vuelva a abrirse en otra ocasión. Quizás.


Paseo de La Isla, Burgos. Fotografía de realización propia (2022)

Daniel Gallego Ortúñez
8 comentarios

8 comentários


Convidado:
23 de jul. de 2023

Ha sido genial leer este artículo. Me gusta mucho como expones tu punto de vista. 😁

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Convidado:
13 de out. de 2022

Muy bien Daniel, es interesante leer reportajes como este donde describes con claridad tu experiencia. Se me antoja difícil distinguir tantos nombres entre tantas especies. Interesante el libro de Bonnier que seguro manejas con habilidad.

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Convidado:
01 de out. de 2022

Me ha encantado y el nombre de "ojo vegetal" acertadisimo!!

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Convidado:
13 de set. de 2022

👍

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Convidado:
13 de set. de 2022

Buen artículo. Lo que más me ha gustado es saber que la planta que yo usaba, partiéndola por la mitad para arrojarsela a las chicas, porque pinchaba, se llama Cebadilla ratonera.


Nacho.

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