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Identidad líquida

Mediado el mes de mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, sentado en una terraza frente al Monasterio de las Huelgas, tumba de reyes, me da por reflexionar sobre una pregunta sin respuesta: ¿Quién soy yo? Más allá de las respuestas de Paul Gauguin y de Siniestro Total, en el instituto, cuando la Historia de la Filosofía era todavía una asignatura obligatoria, aprendí algo del raciovitalismo de Ortega y Gasset: «yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo». El problema sigue sin solución, porque lo que sigo sin tener claro es ese yo, es decir, mi propia identidad. La cuestión empieza a aclararse cuando le pregunto a mi pareja: «¿Qué te pido?» Y ella responde: «Un ribera, si tienen Carmelo, Carmelo». Yo entro en el bar pensando en San Juan de la Cruz y, para mí, pido un quinto de cerveza cero cero tostada.


Como decía, el asunto empieza a estar claro: ella es de morapio fino y yo de rubia de bote. Ya he descubierto algo que conforma mi yo. En ese momento me viene a la cabeza el concepto de modernidad líquida acuñado por el filósofo polaco Zygmunt Bauman a principios de siglo y empiezo a atisbar la solución al enigma que ha preocupado a tantos pensadores a lo largo de los siglos. Así, intuyo, porque yo no soy un intelectual de alta escuela parisina, sino un consumidor de provincias, que los distintos paradigmas identitarios que en la Historia han sido se diluyen en la frenética actividad del hombre contemporáneo como azucarillos en un café con leche. Hagamos un breve repaso de algunos de ellos. La identidad religiosa hace décadas que dejó paso, al menos en Europa, a un laicismo de baja estofa que echa mano de los antiguos ritos a su conveniencia: bodas, bautizos y comuniones, como los fotógrafos. El cientifismo materialista que trató de sustituirla a finales del XIX nos conduce a un mundo inhabitable, cual superficie marciana. El nacionalismo, tan exitoso por esas mismas fechas, está dando sus últimos y peligrosos coletazos: la mirada de los jóvenes soldados rusos que Putin está mandando al frente demuestra que ser ruso para eso no merece la pena. Ser ruso es leer a Tolstoi y pasearse por las orillas del Moscova en una tarde de primavera. Y, por terminar, hay otras fuentes de identidad individual fruto de la añoranza de mundos perdidos: yo, me vuelvo al pueblo; yo, defiendo el planeta cual cruzado la fortaleza de Karak; yo, soy un universitario rojillo, o un mediano agricultor protofascista, o un liberal que se compra unas Adidas en Amazon.


Por tanto, en este mundo en el que el Sol se ha quitado sus caretas y nos muestra su corazón numismático –el Sol es una gran moneda de oro– ni cristiano, ni catedrático, ni español, ni catalán, ni ruso, ni pedrosillano, ni vegano, ni socialista republicano puedo ser, como lo fue Giner de los Ríos. Y la pregunta queda sin respuesta, yo que me las prometía tan felices. O quizás la falta de respuesta sea la respuesta. Menos mal que el camarero, con la cerveza sin y el riberita, nos trae unas patatas fritas. La circunstancia, al menos, está salvada.


Imagen de P&A Group


El Socio n.º 3
1 comentario

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Guest
Sep 14, 2022

😆👍

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