top of page

Soledad (VII)

Leer es subirse a un tren sin billete y sin equipaje: el revisor se compadecerá de ti y hará la vista gorda; el camarero del vagón-comedor te regalará un sándwich a escondidas; tus compañeros de vagón te mirarán con un punto de desconfianza, pero te sonreirán con las comisuras de sus labios abiertas hacia otros infinitos. El tren, así visto, es un medio muy barato que te transportará, vagón a vagón, estación a estación, a mil vidas mucho más caras, a mil parajes vívidos que un día (pobres y humildes de nosotros) concebimos con muchas dudas y con el gran deseo de que pudieran existir. ¡Compren, señores, barato, barato, el destino soñado, o el que más les convenga! Gratis, casi gratis la felicidad. Eso reflexionaba Soledad mientras miraba llover por la ventana de su parco dormitorio (dos sillas estilo castellano, una cama con cabecero barroco, un armario a punto de ser comido por la carcoma y una mesa de falsa madera de roble con tres patas y media —una de ellas entablillada con un calcetín viejo—). Soledad, en un día triste sin un mísero gramo de Sol, tras esta sucinta reflexión, acaba de decidir viajar por fin sin miedos, para vivir tantas y tantas vidas que a ella le fueron negadas. Ya tiene Edad. Soledad piensa prepararse un mínimo macuto para viajar al mar.

Ana Rosa M. Portillo



0 comentarios

Comentarios


bottom of page