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Soledad (XLI)

Soledad hoy anda mosqueada, con la nariz abierta (ella posee una gran nariz de enóloga, aunque no ejerza)... Algo huele a podrido en su delantal (y no será porque no lo lave, que lo hace todas las semanas).

Soledad olisquea por aquí y por allá... ¿Será la zanahoria ya caducada hace 4 años? ¿Será el conejillo que la persigue día y noche, pesadorrepesado él y sin ducharse jamás? ¿Será el caracol que se quedó sin moco, pobre, sin columpio para sobrevivir? ¿Será el pingüino bobo que se quedó sin desodorante en su bobería de pico doblemente cegado por doblete de ojos mal caídos? ¿Será ella misma, Soledad, que ya perdió aromas por efecto de la Edad; que nunca recuperará brillos por reverbero machacón del Sol, que la desbrilló un día como quien desvirga una estrellarrojamapolasangre?

(¡Amapola-ola, ¡hola!, ¿dónde te llevó la ola, a dónde te arrastró la mar?)

A Soledad, hoy, algo le huele –le apesta– a podrido...

Es la halitosis que exudan sus múltiples muñequitos, sus pequeños suspiros del Alma: sus gominolas ya seguramente revenidas, sus alas de tantas aves y mariposas que ella fue un día coleccionando para convertirlas en drones de paz, en aviones de ONG, para, tras sus alas altruistas, construir otro mundo mejor...

Eso pensaba primigeniamente Soledad que serían sus bichitos increíbles y sus gominolas de colorines múltiples y sabores imposibles: un freno al dolor, a la no vuelta atrás, a la destrucción final sin paliativos... Un consuelo.

Pues hete aquí que algo huele a podrido en el mandil inmaculado, jocoso y continuamente resucitado que Soledad intenta sosegar, sosegada, sosegando a los múltiples saltarines seres que no descansan ni cesan de saltar y chillar (a su manera), buscando qué: ¿un culpable? ¿Y qué saben ellos de culpa, si jamás escucharon palabra? ¿Qué sabrán, si no existieron antes, si para ellos no hubo catecismo con normas inapelables?

¿Quién huele mal, madre, y por qué? ¿Será señal, madre, de que ya debemos actuar, madre, que ya no son solo mi rostro desaparecido y mi mano izquierda anulada, madre; que ya, madre mía de mi alma, son mis muñequitos también, madre, y mis golosinas tan inocentes y tan mías-tuyas, los que empiezan a oler mal? ¿Te das cuenta, madre, eres consciente de esta nueva afrenta, madre, la más mala, madre, la más dañina, madre, con la que mi malísima Madrastra me podría ultrajar?

¿Y qué hacer, madre? ¿Ves que ya se va haciendo el tiempo, madre, cumpliéndose ya la hora?

Y qué difícil, madre, que difícil, no saber ya si es el tiempo y, si ya lo fuera, no saber siquiera qué hacer.

He mojado las yemas de mis dedos con un poquito de esencia de azahar... Y me dispongo a aliviar a mis animalitos y a mis golosinas de la halitosis incomprensible, mientras los acaricio suavemente, uno a uno, con inmensa amorosa paciencia...

Mis trémulas yemas jazmín acariciando hocicos, piquitos, morritos, preguntas de pájaro bobo que no sabe qué significa preguntar, pero que intuye su fin y mi nostalgia...

Pobrecitos míos, todos al abrigo de mi seguridad tan insegura, de mi amor, ese sí, tan irrevocable.

Ana Rosa M. Portillo

3 comentarios

3 Kommentare


Gast
13. Feb. 2023

Un texto que rezuma dolor, incomprensión y belleza. Las referencias a un mundo infantil imposible de recobrar, las angustiosas interrogaciones y los vocativos lo convierten en un renovado capítulo de una serie con un estilo vigoroso y muy íntimo. El mal olor recuerda escenas de La Fundación, de Buero Vallejo, donde la putrefacción alerta a los espectadores de la mentira de los paraísos soñados.

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Gast
13. Feb. 2023

A Soledad la vida no parece haberla tratado bien. Se pudre por dentro, a mi me conmueve porque su soledad, su frustración pueden conducirla a una persona tan poética y sensible como es ella, por caminos oscuros y destructivos. Habrá que esperar a la próxima entrega.

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Gast
13. Feb. 2023

Y qué decir... Hermoso. 😔

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