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Soledad (XLIV)

Soledad piensa hoy en la muerte (y no precisamente en la suya, que depende exclusivamente de ella y la tiene ya dispuesta). Soledad, por ser quien es, de la manera tan rara y única que tiene de ser, ha podido ser testigo de otras muertes más humanas y más reales: ha podido oler el tufo indescriptible e insoportable que origina en los humanos la evidencia de la muerte, su amenaza, su rechazo, la incomprensión, el estupor, el pavor, el miedo, el canguelo, el horror, la repulsa, el espanto, el alarido estrangulado en la tráquea, la mierdamierdamierda, el porqué, por qué, por qué...

Soledad entiende la tozuda negativa de los demás humanos a acabarse o a que se vayan otros que se antojan imprescindibles en sus vidas.

Soledad entiende el sentido de irrealidad que implica la muerte en los que se quedan, en los que no se mueren, pero que padecen el mazazo contundente de la muerte de los otros: el estupor; el dolor; el llanto que gime desde dentro de las gargantas amenazando con desgarrarlas; los ojos que se hacen cristales heridos por lluvia de mar; los corazones que, ya laten a velocidades de AVE, ya parecen discurrir a velocidad de crucero de lujo para la Tercera Edad (ay, Edad, Edad, tan sibilina siempre, esperando la presa más fácil); las manos que se restriegan en gestos nerviosos porque no saben dónde ponerse, qué tocar, a quién prodigar una caricia o un puñetazo; las bocas que se abren ahogadas, que presentan birretes de saliva resecos, que muestran dientes huérfanos de encías (oh, gran Quevedo, pero al revés), que no saben si reír o proferir alaridos... Pero ¿a quién clamar, a quién? ¿A quién suplicar misericordia, a quién? ¿Al Sol insensible regocijado en su brillo? ¿A aquel ángel de la guarda que justo hoy nos abandonó? ¿Al amigo que está ausente? ¿Al hermano, qué de moscosos? ¿Al vecino que justo, a la hora fatídica, estaba en la terraza regando las plantas y no nos oyó? ¿A la ambulancia que pasaba justo debajo de la casa, pero rumbo a otro destino? ¿A los bomberos que te cobran no sé cuánto para decirte: «señora, levante el culo, que molesta, y no se ande con pamplinas»? ¿A la policía que pasea por todas partes para no detenerse en ninguna? ¿Al yonqui que lo mira todo alucinado sin ver nada y que nada entiende (no sabe que la muerte ya lo habita detrás de los ojos)? ¿Al marido, que justo estaba en viaje de negocios? ¿A la hermana, que estaba en su sesión de yoga de los martes? ¿A los cuñados, que, mira tú por dónde, es justo el día de los vinitos con los amigos? ¿A los sobrinos, que andan más de erasmus que de oriundos?

Mejor acudir a los profetas, que no lo son en su tierra, pero están; a los que te molestan porque piden, pero saben dar; a los que no conocen el mar, pero sufren los rigores del desierto; a los que lo conocieron demasiado, se salvaron del naufragio y, ahora, andan por ahí pidiendo subvenciones para alargar un poquito más su derecho irrevocable a morir.

Es una tragedia la muerte, madre, y muy gorda, que yo he visto montañas inexpugnables devenir dunas de aire; altivas damas, marionetas de trapo; señores encorbatadas, párvulos en bata; ejecutivos, guiñapos miserables llorando mocos; enterradores buscando otros ojos por encima del suelo; pájaros volando tierras y peces nadando cielos...

¡Qué rara es la muerte, madre, y qué triste, y qué mala!

Yo a todos, madre, les digo que acudan a Dios como tú hiciste, que para eso está. Pero ¡cómo cuesta convencerlos, madre, qué incrédulos son todos y qué desconfiados! Si Dios nos creó precisamente para eso, para que le pidiéramos un deseo (oh, pródigo genio de lámpara), una necesidad, un porfavorquemihermanitamayornosemuera, un «Señor, que se cumpla tu voluntad, pero también la mía», un «por favor, mi Dios Señor mío: que mi hermanita mayor no se muera».

Está escrito: si Dios lo quiere, será; y, normalmente, Dios lo quiere y te dice: «Lo quiero». ¿Verdad, madre, que sí, que ese es el Dios en el tú crees y en el que me ensañaste a creer a mí?

Los muñequitos, bichitos y chuches varios que pueblan mi delantal lo tienen bien clarito desde que rezaron tanto para salvar al pobrecitopingüinobobodecapitado. Soledad les enseñó a rezar; ellos, tan obedientes (daba gusto observar su devoción con las manos –o lo que se terciara en cada caso– bien juntitas, las cabecitas alzadas al cielo, las boquitas musitando plegarias  en sus múltiples idiomas de torre de Babel), alzaron sus oraciones a Dios... Y Dios, que ve y oye en lo escondido, los escuchó.

¿Verdad, madre, que sí? ¿Te acuerdas? Pues así será otra vez, sí.

Fuente: Artelista.com

Ana Rosa M. Portillo

3 comentarios

3 Comments


Guest
Mar 08, 2023

Soledad ha asumido su aparente desaparición: es el dolor de los demás lo que le hace sufrir. No comprende su falta de fe y certifica con sabia ironía la indiferencia y el individualismo de nuestra sociedad. Soledad es afortunada, cree y ha asistido al milagro de la salvación, conoce el poder de la oración en grupo, de la solidaridad espiritual. Algo de lo que se ríe estúpidamente el hombre atrapado por las cosas, como el ignaro se ríe de las fantasías infantiles. Nos presenta una renovada visión del tópico Omnis mors aequat, igualmente arrinconado por un vitalismo que da la espalda a la gran realidad: la muerte. Pero Soledad la mira a los ojos, de igual a igual, porque ell…

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Guest
Mar 08, 2023

Dónde la soledad Sonora que no suena , pero Dana?

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Guest
Mar 06, 2023

La soledad no deseada es mala compañera. Las poesia q desprende tú cabeza y tus manos no son suficientes para que te sientas bien. Lanza el delantal por los Aires y respira con el corazón y habla pero no contigo misma, habla con el vecino, con la panadera y sobre todo con la vida. Olvídate un poco de lo negro, de la muerte.

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