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Soledad (XLIX)

Soledad , mira tú por dónde, hoy piensa en la vida...


La vida como tal debió de nacer hace miles de millones de años, según dicen los que dicen, aunque, por supuesto, no estaban allí entonces.


Soledad se imagina una formación de estrellas dispuestas en ejército a punto de batalla, hace no se sabe cuántos eones. Soledad intuye –porque ella ni sabe ni puede entender, pero se siente integrada en lo que nutre lo que existe– lo que hizo posible la vida, y la permite seguir siendo.


Soledad se sienta ante su mínima mesa-camilla (mientras los animalillos lindos que pueblan su inmaculado delantal acaban de comenzar su pautado partido de fútbol de los jueves, con las gominolas como balones, que ya no sufren porque se endurecieron bastante de tanto tiempo sin ser masticadas ni ensalivadas) y se decide a dibujar en su libreta antigua de hojas blancas cuadriculadas con ribete azulado a la izquierda cómo pudo ser el Big Bang –ese primigenio agujero negro y amenazante que escondía el veneno oscuro y ardiente de tantas llamas encarceladas– mientras tranquiliza las disputas entre los dos equipos de su delantal: los cabezudos y los decapitados.


Soledad, tan desbrujada como siempre, ha dibujado a la izquierda de su lámina una luna malviazul, como macilenta; a la derecha, un Sol enorme rojibermejo  amenazando la portería de enfrente (pobre luna, de ahí su cara tan lívida); en medio, la tierra, casi redonda, más azul que ocre...

Soledad se acaricia la mejilla izquierda con su mano derecha, pensativa: algo no cuadra en su dibujo: está paralizado, nada se mueve, frente a la gran batalla que se está librando sobre sus rodillas (van ganando los decapitados sobre los cabezudos, porque eligieron las gomis de limones y naranjas, que son más resistentes, por mediterráneas).

Soledad ya sabe qué falla en su pequeño croquis darwinista (ese señor que pretendió anticiparse al pecado de la manzana, a la liberación de Israel, a la construcción de las Pirámides, a la elocución del primer sonido humano que no fuese bramido de fiera...).


Soledad, después de mucho pensar,  ha cogido el lápiz entre sus dedos derechos índice y pulgar y, con muchísimo cuidado para no emborronar la inmaculada lámina de papel de árbol ahogado –sobre la que intenta emular a Leonardo da Vinci–, ha dibujado una decidida raya-flecha que ha traspasado el eje de la tierra –sin atender el gemido que estallaba desde sus entrañas–; ha trazado una curva a la derecha en dirección al SOL,  que casi se ha abrazado a él en una coyunda obscena y

que ha tenido la insoportable insolencia de coronarse con cuatro letras esculpidas en el averno: EDAD.


Soledad está desolada... ¿Y qué hacer, madre, ante tanta certidumbre anticipada? ¿Cómo, madre, poder trocar la posición del Sol por la de la Luna? ¿Cómo, madre, concebir otro mundo en el que ya no esté todo siempre ya desde antes escrito?


Han ganado los decapitados, madre, como yo prefería; pero no los jalearé, madre, porque a todos los quiero y no deseo que ninguno sufra. En su honor, madre, y en el tuyo, y ante mi fracaso davinciano, me tomaré un coranzocillo de azúcar de fresa, que ya van caducando, madre, que ya no bajas a buscarlos y se van poniendo duros,  madre, que no quiero que devengan balones resignados de partidos de los jueves...; que pudiera parecer, madre, que ya no te gustan, que los rechazas ya, madre, que...

¿O es que es a mí, madre, a quien ya no quieres...? Oh no, eso no, por favor, madre, eso nonuncapornuncajamas, por favor, madre... Por favor, mamá, no me dejes sola; no me hagas llorar.

Ana Rosa M. Portillo

1 comentario

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Guest
Apr 19, 2023

Soledad, hoy, se siente realmente sola, abandonada, como Jesús en la cruz. Se refugia de nuevo en su mágico y terrible delantal y asiste a un agónico partido de fútbol donde las gominolas caducadas y los descabezados transmiten una fe angustiada y dolorosa. Una fe ciega e infantil, en el buen sentido de la palabra, que no quiere escuchar los dictados de la Ciencia.

Soledad trata de representar su propia cosmovisión en un cuaderno escolar, pero la única verdad que admite, después de reflexionar largamente, es el paso del tiempo y el acontecer inexorable de la Historia.

Otro fragmento de un mundo donde los personajes han adquirido ya la consistencia del ser en la conciencia del lector.

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