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Soledad (XLVII)

Soledad ha emprendido viaje de Jaén hacia  Almería... ¡Y cómo suena, madre, ese nombre de aes tan abiertas, tan largas, que se comen el incierto mundo del norte en un bocao, de esas consonantes tan líquidas y tan laterales, ay!

Madre, ellos pronuncian y yo callo; ellos elevan plegarias al cielo y yo me encojo; ellos lo saben todo, madre, que nacieron antes que el Sol y le van empujando, con mucho disimulo, eso sí, a la Edad, para que se vaya pa'otro lado a dibujar arrugas a otros rostros más del norte, que saben hacer el pan que nosotros les compramos.

Soledad ha llegado al malecón (que no lo es, pero que será) del Cargadero del Mineral, un monumento único en el mundo de hierro oxidado, que mató a mucha gente por demasiado cargar y respirar aquellos humos de hierro que exudaban  los lingotes de oro mierda del ansiado y necesario mineral. (Las rocas no se saben quejar, pero cómo les escuecen los lametones de las olas en sus corazones a la intemperie.)

Soledad ha arremangado las mangas de su sudadera, se ha descalzado con muchísimo cuidado (zapato derecho con calcetín derecho; zapato izquierdo con calcetín izquierdo) y ha tocado muy levemuylevemente la delicada superficie del mar...¡El Mediterráneo, madre, que es el Mediterráneo, el que todos añoramos tanto tierra adentro, el que construyó finalmente nuestra cultura de todos al final, creo!

Jo, madre, me ha rozado  una mínima gota de espuma... he sentido un auténtico placer de natillas con canela... me he estremecido, madre, hasta el coxis de mi columna vertebral... ¡Madre!, he visto la conjunción definitiva del mar y del cielo en la mínima caricia de sal de una tímida espuma de mar entre los vergonzantes dedos de mis pies...

Madre, hoy he entendido la ley del Big Bang; la conjunción de la espuma del mar y de las estrellas del cielo; la riqueza de unos y la miseria de otros; el llanto de los que callan y el alarido ensordecedor de los que vociferan; el terror, madre, de los que ahogan su frustración ante el látigo de quienes los oprimen; madre, el llanto de los que no pueden llorar frente a la risa estruendosa de los que los oprimen...

Madre, no sé, creo que hoy he visto demasiadas cosas... Mejor, me visto calcetines, zapatos y sudadera y miro para otro lado, mientras rescato de la mochila mi delantal, que hoy se ha plagado de gominolas revestidas de sal...

Soledad acaba de aprender que el mar también araña y escuece, y puede extender costras de ácido sobre pieles delicadas.

Imagen editada por Neila Rodríguez

Ana Rosa M. Portillo

2 comentarios

2 opmerkingen


Gast
27 mrt. 2023

Esta Soledad es nuestra, la de todos, la que todos sentimos y nos proporciona miedos y milagros. Yo conozco Almería y sé que, lo que en este texto ha quedado esculpido como láminas de plata entre vetada es verdad

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Gast
27 mrt. 2023

El mito del Mediterráneo a través de la mirada desvalida, siempre buscando la mano de su Madre, de la niña Soledad, tan mayor al mismo tiempo. El desasosiego inunda como siempre al lector; la dulce hiperestesia de Soledad transforma el cálido y acogedor Mediterráneo en un amargo aleph que refleja sus miedos ancestrales y el sufrimiento de los de abajo. Otro hermoso y triste artículo de una serie crepuscular.

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