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Soledad (XXIX)

Soledad ayer se despertó extrañando un poco algo, aún sin saber qué. Se lavó la cara y el cuello, sin mirarse ya en ese espejo malo que ella sabe que nunca le va a devolver el rostro.

Soledad se ha preparado un café bien caliente mientras tienta en su delantal repleto de animalillos amigos qué le puede inquietar ahora a ella, que ya cumplió sus obligaciones semanales de acatar las órdenes de su Hacedora mala (eso fue el lunes) y de hacer la compra grande semanal (los miércoles), porque Soledad tiene su vida programada por entes ajenos a su blanda voluntad...


De repente, Soledad ya sabe qué le tiene tan inquieta... Hace casi un mes que no viaja, que no se mueve, y su espíritu le anda pidiendo ya un cambio de aires...


Pues nada, ya no es tiempo de mar... ¡Soledad se va a Toledo! (Llegará a tiempo el lunes para su cita obligada con su Madrastra, en esa base robotizada que tanto la amilana.)


¡Ya está Soledad en Toledo, en esa ciudad pequeña que hace ya varios siglos consiguió conjugar y hermanar lo más granado de las tres culturas que han erigido y formado nuestra única y especial idiosincrasia!


Soledad no da crédito a tanta belleza: ha visitado la Sinagoga del Tránsito (que, pese a su esbeltez y su belleza, no le ha dejado de parecer una mezquita de Córdoba descolorida); ha recorrido los Santos Reyes, donde no yacen finalmente enterrados nuestros Santos Católicos que, «tanto montan, montan tanto», acabaron en la mora Granada, Granada mora, hermosa donde las haya, felizmente conquistada.


Ha visto también Soledad la fachada de la Escuela de Traductores de Toledo en la que un rey, llamado «El Sabio», consiguió lo hoy por hoy imposible de imaginar: conjugar la riqueza de tres culturas ahítas de sabiduría y repletas de arte en un Corpus común de entendimiento y tolerancia –azaña inconcebible en este nuestro narcisista presente– que lograron pasmar al mundo.


Madre mía. Y qué feliz yo, subiendo y bajando callejuelas de adoquines inestables: en cada esquina una cruz, en cada lateral, una iglesia; de tanto en tanto un bar o un pub prometiendo el reverso nocturno a la mística. (Luego irá allí Soledad a bailar. Ahora aún debe visitar la Catedral. [El Alcázar ya lo vio hace unos años; hoy no tiene tiempo para repetir visita... Su tiempo no es suyo ya].)


Y qué decir de esta Catedral, madre, la Primada, la de mayor patrimonio, aunque no la más grande... De su magnificencia no osaré yo hablar, madre, pues cualquiera sabrá más que yo, y estará más preparado para ensalzar sus tesoros y sus fantasmas.


Soledad, cansada pero feliz, se ha ido a un bar precioso a tomarse un vinito y una tapa de cucamonas, que le han sentado de maravilla y le han sabido a gloria. También ha hecho pis, que ya lo iba necesitando.


Soledad ha leído en internet que existe una iglesia desacacralizada desde el siglo XIX (hay tantas iglesias en Toledo que tampoco se echa de menos que falte una), que es ahora un pub. Allá va ella, decidida a comerse el mundo, a bailar y a bailar, hasta que sus cartílagos aguanten. Se ha pedido Soledad un cubata... Y se ha echado a bailar... Su cuerpo se ha hecho liviano. Soledad baila y baila, desatada, liberada... Del techo llueven mazapanes incontables con forma de higos, estallando en luces de colores almibarados de oraciones de convento, mientras el reguetón suelta imparable la lava de su música reventada... Soledad suda, y siente su rostro colmado de lágrimas de felicidad, asaeteado por pequeñas gominolas rebozadas en mazapán.


Y qué feliz Soledad, madre, sintiendo que tiene rostro, porque le duelen los perdigones de mazapán y nota el rodar de las lágrimas y del sudor... ¡Tiene Soledad rostro, madre mía de mi alma, aunque se lo niegue el espejo malo de su casa!



Ana Rosa M. Portillo

2 comentarios

2件のコメント


ゲスト
2022年11月07日

Soledad está pasmada: no se lo puede creer... ¡Existe más allá de su larga sombra de ciprés sin monasterio! Esta noche, con o sin ristro, dormirá feliz, tras engullir los dos últimos mazapanes con forma de higo que se trajo de Toledo para perpetuarlo un poquito más en su memoria. (uno revestido de chocolate y otro relleno de nata).

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ゲスト
2022年11月07日

Una imagen muy personal de Toledo, no podía ser de otra manera, en la que se mezclan las reflexiones históricas y artísticas con una experiencia liberadora, casi mística, que recuerda a la de los derviches danzantes. Y esos sorprendentes mazapanes en forma de higo, como tapa ancestral en la vieja iglesia desacralizada, que traen al presente la convivencia de las tres religiones. Y el rostro que aparece, el rostro que le niegan los espejos.

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